Aunque en el calor de la juventud nos creemos inmortales y eternos, con poco mirar a nuestro alrededor podemos darnos cuenta de que el tiempo pasa:
El último de los Malcasas apenas recuerda ya quién fue un día y la riqueza de los Silvas reside ahora en los bancos, no en sus tierras.
Las historias del Parral se perderán en cuanto las Parcas visiten un par de veces aquel pueblo. Y mientras tanto, la tía Enriqueta lleva diez años en la cama sin decir palabra, pobre mujer. Puticas y Galanes (mis antepasados) dejaron de pasear por aquellas calles, ya no corren ni ríen, se desperdigaron por el mundo y olvidaron quienes son. Aquellos 6 primos supervivientes (de 40 que eran) se dan el que casi con toda seguridad será su último abrazo.
Apenas queda gente que recuerde a la tía moños gritando mientras fregaba su acera inclinada, ni a las muchachas cosiendo en la esquina del sastre. Además, el tío Abraham ya no llama a amasar al horno, ni nadie limpia su ropa en la fuente de los cinco caños.
La tienda de Nazario es ahora de unos chinos que abren 24 horas al día y el cine del tío Goldi hace años que cerró.
Todos esos nombres, todas esas historias, se perderán. Quizás nosotros, los nietos de hoy en día, recordemos algunas anécdotas, pero más allá se verán devoradas por las fauces del tiempo.
Sí, es cierto, las cosas cambian, pero no todo a mejor. Poca gente lloraría al enterarse de que alguien con quien hace más de veinte años que no tiene contacto murió, y también muy poca le abriría su casa de corazón a una vecina que hace 42 años que marchó del pueblo.
No me quejo de pertenecer a la generación que pertenezco, pero os aseguro que en cuanto a lazos humanos, nuestros abuelos nos dan mil vueltas a cada uno de nosotros.
Giro la cabeza hacia atrás en el coche, veo a mi abuela llorar y sonreír. “Donde esté tu corazón estará tu tesoro”-recuerdo. Es evidente donde está el suyo. Su tesoro son sus recuerdos: el color de las calles al nacer, el tacto de la masa del pan, el calor del horno y el olor de la cebada. Sabe que es posible que esta visita sea la última. Tengo la certeza de que sus últimos pensamientos no serán sobre el incierto fantasma que planea sobre ella. Sus últimos pensamientos volverán al Parral, a la tía Enriqueta, a la señora Paca o a la prima Merceditas.
En efecto, el tiempo pasa, sus guardianes, los guardianes del pasado, van cayendo uno a uno. Pero mientras las prima Mercedes siga con su puchero al fuego y sacando agua del pozo, los caidos tras las trincheras de la Cuesta de la Reina, el pequeño putica limpiando la cuadra de las mulas y las historias de miles antes de ellos, serán recordadas. Y en cierta manera, presente y pasado seguirán siendo uno.